Autora: Sara F. Barrena

Fecha de publicación en Neuronilla: 30 / 11 / 06

Introducción

¿No es de todas las cosas la más maravillosa que la mente sea capaz de crear una idea de la que no hay ningún prototipo en la naturaleza, nada con el menor parecido, y que por medio de esta completa ficción sea capaz de predecir los resultados de los experimentos futuros, y que por medio de ese poder haya transformado la faz de la tierra?

Como muestra este texto de 1903, Peirce se admiró y se preguntó constantemente por un fenómeno que es tan antiguo como el ser humano: la capacidad de crear. Durante siglos los hombres se han sorprendido ante el genio de artistas y científicos. El estudio de esa capacidad creadora ha suscitado muy diversas preguntas: cómo llega el ser humano a producir una obra de arte, cómo llega su inteligencia a descubrir algo que cambiará el curso de la historia, cómo es posible la novedad y cómo puede conjugarse esa novedad con la continuidad de lo que ya existe, dónde radica la originalidad de la creación humana, dónde reside el valor de lo creado. Son cuestiones que a todos nos interpelan y, sin embargo, en muchas ocasiones no se ha otorgado a esa fascinante capacidad humana de crear la importancia decisiva que posee para la vida y el conocimiento de cada persona. Así lo demuestran por ejemplo el sistemático olvido al que ha estado sometida la imaginación durante siglos o la mentalidad aún existente de que la creatividad es privilegio de unos pocos elegidos”.

Voy a sostener, con la ayuda de Peirce, que la creatividad es una característica central de la razón humana que, lejos de ser una facultad separada e inmóvil, supone la búsqueda incesante de más crecimiento y razonabilidad. La creatividad, como característica inseparable de la razón, puede y debe ser desarrollada en cualquier persona. El hombre es creativo por naturaleza, tiende a crecer, a proseguir de maneras que no le vienen dadas, a manifestarse libremente a través de la ciencia, el arte o simplemente a través de las acciones que desarrolla en su vida cotidiana. Mi interpretación toma como base algunos textos de Peirce y constituye un intento de explicar la sorprendente capacidad de crecer del ser humano, de abrirse a los demás, de inventar nuevos mundos, de comprender y habitar mejor y con nueva esperanza el mundo real.

Se puede elaborar desde la perspectiva peirceana una teoría filosófica de la creatividad, con ideas que han de ser necesariamente generales como en toda reflexión filosófica. Peirce no ofrece una guía práctica para la vida ni da lugar a una única y definitiva lectura final; tampoco todo lo que dice puede tomarse al pie de la letra ni resulta útil, pero por encima de eso nos provee de instrumentos y el conjunto tiene valor como modelo para explicar la creatividad. Proporciona unas consideraciones que permiten integrar el fenómeno de la creatividad en un contexto más amplio, donde el ser humano forma parte del universo e interactúa con él, y ofrece ideas nuevas que permiten abandonar viejos paradigmas -como los de la lógica deductiva o las explicaciones intuitivas de la creatividad- que, finalmente, no permiten dar cuenta de lo nuevo. El pensamiento de Peirce muestra guías muy pertinentes para -al menos- iniciar ese camino de la filosofía de la creatividad, y ha proporcionado explicaciones para lo creativo que son creativas en sí mismas. Daré primero una ideas básicas acerca de la noción de creatividad, y a continuación trataré de esbozar esas guías presentes en el pensamiento peirceano para comprenderla.

¿Qué es la creatividad?

El termino creatividad aparece como tal alrededor de 1950. Desde entonces la capacidad creadora del ser humano se convierte en una cuestión que es abordada sistemáticamente desde distintos ámbitos científicos, y proliferan los intentos de explicar y medir la capacidad creativa. Sin embargo, esas aproximaciones desde la psicología y desde otras disciplinas científicas como la neurociencia o el estudio de la inteligencia artificial resultan a mi entender insuficientes y se ve la necesidad de un estudio más general, que sume nuevas perspectivas, pues la creatividad es un fenómeno tan amplio que no puede abarcarse con una sola definición, ni observarse desde un único ángulo.

En primer lugar, la creatividad no ha de confundirse con el genio ni con el talento científico, artístico o práctico para desarrollar una determinada actividad. Es cierto que las habilidades personales influyen en la capacidad de crear de las personas, al igual que otros factores como el ambiente, la educación o los conocimientos de que se dispone en cada época. Todo eso condiciona lo que de hecho se puede crear o descubrir, pero no lo determina, ni determina tampoco la capacidad creativa de cada persona .

Para comenzar a aproximarnos a la creatividad, podemos tomar las características que han destacado numerosos estudios sobre ella. Lo creativo sería aquello que es inteligible, nuevo, original en cuanto que es expresión de uno mismo, y valioso, pues ha de ser capaz de explicar algo que nos sorprende o de resolver una inquietud del artista al ser capaz de hacer presente algo bello, esto es, admirable en sí mismo.Peirce se sitúa cerca de esas características comúnmente aceptadas sobre lo creativo cuando señala que la capacidad de crear es la capacidad de introducir nueva inteligibilidad en el universo. Veremos a continuación cómo explica Peirce ese fenómeno.

Claves para el estudio de la creatividad desde Peirce

La personalidad semiótica

Para comenzar a comprender el fenómeno de la creatividad quizá hay que preguntarse primero por el sujeto de la acción creativa: qué es lo que pasa en el ser humano que crea. En Peirce encontramos una explicación semiótica de la subjetividad que está muy acorde con la idea del ser humano como creador y que supone la condición de posibilidad de la creatividad.

Para Peirce todo cuanto existe es un signo, pues todo aparece como capaz de manifestar algo para un tercero, todo es capaz de ser interpretado como significativo. También el hombre y su pensamiento son signos. ¿En qué consiste la realidad de la mente? -se pregunta Peirce- Hemos visto que el contenido de la consciencia, la entera manifestación fenoménica de la mente es un signo resultante de una inferencia.

El ser humano entendido como un signo está hecho para crecer, está -como todos los signos- radicalmente abierto, sujeto a una dimensión continua y temporal, siempre inacabado, necesitado continuamente de crecimiento en tanto que ha de buscar un fin (CP 6.156-7, 1891). La subjetividad semiótica, necesitada de expresión, ha de buscar formas nuevas -creativas- de desarrollarse. El sujeto está marcado por la posibilidad de comunicarse e interactuar. El ser humano es un signo que, para no dejar de serlo y perder su propia esencia, ha de dar lugar siempre a nuevas interpretaciones y continuar el proceso ilimitado de la semiosis. quot;El pensamiento debe vivir y crecer en traducciones incesantemente nuevas y más altas, escribe Peirce. La posibilidad de crecer está por tanto en el corazón mismo de la subjetividad humana.

La lógica de la creatividad científica

De acuerdo con el pragmaticismo peirceano un estudio de la creatividad no puede detenerse en el sujeto, sino que debe fijarse en los frutos, en cómo se produce el resultado de la acción, y la obra creativa aparece, según Peirce, a través de la abducción y el amor. La abducción es la operación de la mente por la cual, al observar los fenómenos que nos sorprenden, surge una conjetura que aparece como una posible explicación; es la clase de síntesis más alta que puede realizar el entendimiento, aquella que se realiza no por alguna clase de necesidad sino en interés de la inteligibilidad, introduciendo una idea no contenida en los datos, lo que provoca conexiones que de otro modo no hubiéramos tenido (CP 1.383, c.1890).

La abducción supone por lo tanto la introducción de una novedad que contribuye a aumentar la inteligibilidad del mundo, que es original en cuanto que es expresión de la propia subjetividad -de hecho no habría subjetividad posible sin expresión- y que tiene un valor explicativo.

Peirce considera que el descubrimiento creativo no es fruto del azar o de la causalidad, ni es un mero fenómeno debido a factores históricos y psicológicos, sino que existe en él una lógica. Escribe Peirce: Hay una doctrina puramente lógica de cómo el descubrimiento puede tener lugar. Esa lógica no es una lógica deductiva sino abductiva. La abducción supone la intervención de la imaginación, que está en la base de toda interpretación, que interviene en cada traducción de un signo a otro y hace así posible que la semiosis prosiga; la abducción supone también la intervención de la intuición (entendida como insight no como conocimiento inmediato e infalible), de los instintos y en concreto de una capacidad de adivinar que hace que el ser humano pueda, en conexión con la naturaleza, dar más pronto que tarde con la hipótesis correcta. La abducción sirve de puente a esas capacidades humanas, pues es la forma de razonamiento más cercana a la primeridad, y sin ellas es inexplicable. Todo ello no quiere decir nada en contra de su carácter quot;lógicoquot;. Para Peirce un argumento no es menos lógico por tener que ver con la primeridad o por ser débil (CP 5.191, 1903) y así la abducción resulta el argumento más débil e inseguro, pero el más fecundo (CP 8.385-388, 1913). No es un razonamiento exacto ni infalible, pero sí el mas valioso de todos sin el cual no podría introducirse ninguna novedad. Aparece así lo que podríamos denominar la paradoja de la creatividad: lo mas débil es lo más decisivo, aquello en lo que se apoya todo el edificio del conocimiento y la creación humana.

A través de la abducción puede explicarse no sólo la validez o la prueba de la nueva idea, sino su descubrimiento. Esto, que algunos han encontrado dudoso, puede quizá comprenderse mejor en la práctica, cuando tenemos experiencia de la abducción. El hecho de que la abducción sea lógica se justifica porque, lo que a primera vista puede parecer misterioso, como una cierta quot;luzquot; inexplicable, tiene, si se analiza detenidamente, una explicación y unos pasos de los que se puede dar razón a posteriori, unas pistas que nos han guiado hasta la conclusión, quizá no siempre a la primera, pero a la larga de forma eficaz.

Por supuesto la abducción es sólo el primer paso para alcanzar el logro creativo. La creatividad comprende todo un proceso que se alarga en el tiempo y que abarca aspectos analíticos y sintéticos, así como otros aspectos más prácticos relacionados con la experiencia. El método científico, que constituía para Peirce el modo más acertado para alcanzar la verdad y el que debe guiar cualquier investigación, tiene su paso primero y fundamental en la abducción, pero ésta ha de ser seguida siempre por una fase deductiva en la que se examinen las posibles consecuencias de la hipótesis, y por otra fase inductiva en la que se comprueben esas posibles consecuencias (CP 6.470-473, 1908).

También en el arte podríamos hablar de esas fases, pues la primera idea o hipótesis de trabajo que parece dar quietud al espíritu del artista es sólo una de las múltiples formas en que la cualidad que busca expresar podría ser encarnada, y ha de trabajarse sobre ella. En la fase deductiva la idea primera llegaría a ser un modelo capaz de ser probado, mejorado y desarrollado. A través de la inducción el artista ha de comprobar su trabajo; no se trata en este caso de examinar la correspondencia con los hechos, sino de ver si la obra es admirable, si cumple su fin. Todo ese proceso de trabajo posterior es también creativo, no sólo la idea original, pues muchas veces aparecen formas de encarnar esa idea que sorprenden incluso al propio artista, y en la materialización de la obra se va modificando el plan inicial.

La evolución del universo

El resultado creativo también es fruto del amor. La idea peirceana de evolución, en la que el amor juega un papel fundamental, constituye otra excelente vía de acceso para llegar a comprender filosóficamente cómo se introduce nueva inteligibilidad en el mundo. Para Peirce el universo evoluciona teleológicamente conjugando regularidad y diversidad, legalidad y azar. Hay tres principios activos de la evolución-la variación fortuita, la necesidad mecánica y el amor creativo- de los cuales el amor es para Peirce el principio claramente superior (CP 6.302-306, 1893), el motor decisivo que permite combinar continuidad y novedad, pues es lo que permanece, pero permite a la vez cambios que conduzcan hacia el fin.

El ser humano forma parte de ese universo y en su acción se combinan también regularidad y espontaneidad a través de un tercer principio decisivo: el ágape. En la creatividad hay un cierto azar, pues hay una cierta cantidad de elecciones arbitrarias y distintos modos de continuar, y hay también legalidad en cuanto que hay que someterse a unas reglas. Sin embargo el factor decisivo es el amor. Escribe Peirce:

Suponed por ejemplo que tengo una idea que me interesa. Es mi creación. Es mi criatura; (…) es una pequeña persona. La amo; y moriría por perfeccionarla. No es aplicando la fría justicia al círculo de mis ideas como las haré crecer, sino queriéndolas y cuidándolas como haría con las flores de mi jardín.

El ágape es amor por un ideal que nos atrae (distinto por tanto del eros, que sería amor que busca una perfección que predeterminada que nos falta). Las personas, a través de la abducción y la imaginación y guiadas por el amor de ágape, aparecen como agentes activos de la evolución, pueden participar en el desarrollo de la creación. Por lo tanto la abducción es lo que permite actualizar las posibilidades y llegar a nuevas creaciones, y el amor aquello que hace posible la continuidad, pues las posibilidades se van actualizando al dejarse atraer por el ideal, por el fin que proporciona una unidad. El poder creativo, afirma Peirce, tiene dos grandes instrumentos: el conocimiento y el amor. Así nos habla del quot;poder creativo de lo razonable, que domina a todos los demás poderes y los dirige con su cetro, el conocimiento, y su globo terráqueo, el amor.
Pero, ¿cuál es el ideal de la vida humana, objeto del amor creativo? ¿Cuál es el fin que ha de guiar el crecimiento del hombre? Para dar respuesta a esas preguntas debemos fijarnos en las ciencias normativas.

Las ciencias normativas

Las ciencias normativas son para Peirce aquella parte de la filosofía que trata de la relación de los fenómenos con los fines (CP 5.122-24, c.1903), es decir, se ocupan de lo autocontrolable y deliberado, y por tanto ponen de manifiesto cuáles son los ámbitos en los que el ser humano puede crecer y ejercer la creatividad. Lógica, ética y estética orientan la acción humana libre, tanto en el razonar, como en el obrar y en el sentir y buscar la belleza.

La ciencia como búsqueda del bien lógico, de la verdad, es un proceso vivo, falible y en comunidad que comprende diversas etapas y que tiene en el pragmaticismo su prueba final al comprobar si las posibles consecuencias corresponden a la realidad. La búsqueda del bien lógico es un caso de la búsqueda del bien en general de la que se ocupa la ética. Ésta a su vez supone el cultivo del autocontrol a través de hábitos para llegar al fin. La estética, por su parte, es para Peirce fundamento de las otras dos ciencias, pues señala precisamente cuál es el fin último, el summum bonum, aquello que es admirable por sí mismo y que debe presidir nuestra vida en todos los ámbitos (CP 5.36, 1903).

Ese fin no es otro que el crecimiento de la razonabilidad. La estética señala que ha de encarnarse esa razonabilidad a través de las acciones y los sentimientos. El arte sería la capacidad de captar y expresar razonablemente el mundo de la primeridad, de las cualidades de sentimiento. El artista tiene de alguna manera la capacidad de captar y expresar lo quot;inexpresablequot;, dando así lugar a la belleza. Pero la estética peirceana va mas allá de una mera teoría del arte al señalar cuál es el fin último, que no es otro que el tratar de encarnar la razonabilidad, hacerla crecer volviendo así más razonable el mundo que nos rodea. Escribe Peirce:

No veo cómo alguien puede tener un ideal de lo admirable más satisfactorio que el desarrollo de la Razón así entendida. La única cosa cuya admirabilidad no es debida a una razón ulterior es la Razón en sí misma comprendida en toda su plenitud, en tanto que nosotros podemos abarcarla.

Como fin último, ese ideal ha de presidir toda la acción del ser humano, no sólo su dimensión artística.

Conclusiones

La creatividad queda finalmente caracterizada como la introducción de nueva inteligibilidad a través de la abducción en un proceso que es sostenido por el amor al ideal. La creatividad se entiende como una búsqueda de la razonabilidad, como la capacidad de crecer para encarnar ese ideal en el mundo a través de nuestras acciones. La razón así entendida no es entonces una facultad aislada, sino que aparece como un fin al que todo hombre aspira y que debe luchar por encarnar. Las distintas capacidades del ser humano adquieren unidad a la luz de ese fin, y ser humano significa entonces ser creativo, buscar la expansión de las ideas, continuar el proceso infinito de la semiosis. La razonabilidad como fin último se sitúa por tanto en contra de abstracciones estériles y permite superar los dualismos insalvables de la modernidad, proporciona un equilibrio entre pensamiento y realidad, entre lo racional y lo sensible.

La creatividad pertenece a todos los seres humanos por la propia estructura de su subjetividad, independientemente de que haya más o menos personas a las que podamos llamar genios, en tanto que nuestro yo sígnico nos pide que nos abramos a los demás, que crezcamos a través de los hábitos, que realicemos el ideal de la razonabilidad teniendo en cuenta los sentimientos y a través de acciones concretas, tanto en la ciencia y en el arte como en cada acción de nuestra vida cotidiana. La creatividad es un camino lleno de bifurcaciones reales, no sólo aparentes como sostendrían las posturas deterministas, y conduce a las personas hacia el crecimiento verdadero, en la medida en que puede convertirlas en más razonables y por tanto en más humanas. Cuanto más crecemos más capacidad tenemos de crecer y de seguir buscando novedad y razonabilidad. Lejos de determinarnos y limitarnos, de cerrarnos opciones, la actualización de posibilidades trae más crecimiento en el inexhaustible continuo peirceano, abre ante nosotros nuevas alternativas quizá desconocidas hasta entonces.

El intelecto consiste precisamente en la plasticidad del hábito y la mente humana se vuelve infinita por su capacidad de crecer, de formar hábitos que, lejos de mostrarse como opuestos a lo creativo, son precisamente aquello que impide que nuestra mente quede cristalizada. El empeño por hacer razonable nuestra experiencia y lo que nos rodea nos hace ser más humanos, más de acuerdo con los que somos, nos hace crecer como personas. Lo contrario nos empobrece. Podemos proponer a partir de Peirce un nuevo modo de vivir, un modo en el que cuente la imaginación, en el que se busque lo razonable, en el que por tanto vivamos más hacia el futuro. Quizá las respuestas peirceanas no son siempre las adecuadas, pero sí planteó los problemas certeros. La noción de apertura semiótica que Peirce planteó se hace realidad en él, y nos dejó un ideal -la razonabilidad- que debería cautivar a cada uno de los filósofos y a quienes quieran comprender mejor al ser humano.

Sara F. Barrena es profesora de la Universidad de Navarra. 

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